Hace casi tres semanas, Rubí Topete fue hasta un concesionario en Van Nuys para iniciar el proceso de refinanciar la deuda de su vehículo. Allí le pidieron la firma de un codeudor, que su amiga María no dudó en prestarle. "Nada más me dijeron 'firma, firma, firma'", dice la mujer, que poco después descubrió que firmó un contrato de compra, nada envidiable, de casi $80,000, por una Honda Pilot de 2017.
Financiada a un interés del 22.6%, María pagaría mensualmente por la camioneta que nadie quería, más de $1,000 por 72 meses.
"Yo no tenía ni copia del contrato [...] Nunca me explicaron, pero en mi mente yo era 'codeudora', no era dueña", subraya esta madre hispana, que prefiere proteger su identidad.
Al día siguiente, Rubí Topete y María regresaron al concesionario con la camioneta y el contrato. Ambas aseguran que el vendedor y el gerente de ventas les dijeron que no podían cancelarlo.
Desesperadas, las amigas presentaron una querella al Better Business Bureau y están dispuestas a demandar.
María no responsabiliza de la situación a su amiga Rubí Topete, sino a los vendedores.
Con esta situación, en adelante se asegurará de "leer todo, línea por línea o ya no firmar por nadie. Porque aunque tú quieras ayudar, a veces pasa esto. Y no es la culpa de la persona o de tu amistad, es de la persona que está vendiendo las cosas."