En los últimos meses de 2020, el Holding Institute de Laredo, en Texas, albergó cada semana a un promedio de dos o tres inmigrantes que cruzaban la frontera. A veces eran menos. Pero cuando el demócrata Joe Biden asumió la Presidencia, el número aumentó: cada semana 20 personas aparecían en sus puertas buscando refugio. En febrero, los arrestos en la frontera repuntaron a un número que no se había visto en ese mes al menos en los últimos tres años de gobierno de Donald Trump. Y ese mismo flujo creciente lo sintieron las organizaciones de la zona. Solo este miércoles, en Holding había 35 migrantes en busca de ayuda.
"Atender estos números es difícil por el tema de salud. La Patrulla Fronteriza no les está haciendo el examen de covid-19 y eso nos cae a nosotros, a las ONGs y a los albergues", dice el reverendo Mike Smith, que tiene seis años al frente de este espacio que recibe a familias migrantes y a personas en situación de calle.
Más al noroeste de Texas, en la frontera por Del Río, está el albergue de Caridades Católicas. Su directora ejecutiva, la hermana Norma Pimentel, asegura que durante los meses posteriores a la declaración de emergencia por la pandemia en Estados Unidos, escasamente llegaban a sus puertas dos o tres familias diarias. Ahora son entre 300 y 600 personas al día y todos los días. Allí también están realizando la prueba de descarte a cada persona como una condición para poder ingresar.
Ambas organizaciones admiten que en la frontera está comenzando a gestarse un problema: la pandemia ha cambiado la operación y ha mermado su capacidad de respuesta y la ayuda de voluntarios. Sin embargo, no es la primera vez que enfrentan una oleada de migrantes. La última vez que tuvieron que atenderla fue en 2019, cuando las familias centroamericanas llegaban en caravanas con la idea de pedir asilo en Estados Unidos. Muchos fueron frenados en México, pero los encontronazos con militares que intentaron disuadirlos de cruzar en distintos puntos no desalentaron a todos.
Según cifras de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP), en ese año fiscal, el 2019, hubo 977,509 arrestos de migrantes en la frontera. Solo de febrero a marzo de ese año, el salto en los números fue de 76,545 a 103,731 personas arrestadas. Las estadísticas solo comenzaron a bajar cuando en junio Estados Unidos amenazó con imponer aranceles al comercio procedente de México si el gobierno de ese país no tomaba medidas para frenar la migración. Tres días de intensas negociaciones los hicieron llegar a un acuerdo sin castigos.
Aunque en febrero de este año el número de arrestos repuntó hasta más de 100,000, Smith asegura que aún no ve una crisis en la frontera, como han reclamado los republicanos. "Existe un problema", admite. Cuenta que están cansados, que en las últimas semanas han dormido poco atendiendo a los migrantes: "Me guardaré la palabra crisis para cuando sí pegue fuerte. Me la estoy guardando a ver qué pasa en unos días".
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El representante por Texas Henry Cuellar es de quienes cree que en la frontera no se vive una crisis nacional: "Es una crisis localizada para las comunidades fronterizas a las que se les ha encomendado la tarea de brindar ayuda humanitaria a estos migrantes", dice a Univision Noticias. Y el desafío, asegura, se intensificará con los meses, con la llegada de abril, mayo y junio, cuando históricamente escalan los cruces. "Es fundamental que el gobierno federal, estatal y local trabajen junto con nuestras ONG locales para proporcionar recursos de emergencia".
Sin personal y con espacio limitado
En el Holding Institute hay muchos problemas que resolver. La pandemia es la principal culpable de casi todos y el que más dificulta el trabajo de las organizaciones.
Por ejemplo: para mantener el distanciamiento social, la capacidad en camas se redujo a la mitad. Ahora solo cuentan con 65. Y el voluntariado se ha reducido en 75%. En un mes cualquiera de 2019 —e incluso en el 2020 antes del coronavirus— podían tener hasta 100 personas dando la mano; ahora, si llegan 20 es una suerte.
Y cuando un migrante da positivo al covid-19 también se complican las cosas, pues el edificio de esta organización solo tiene un piso en el que puede albergarlos y, por ahora, aceptan a todo el que llega. Smith cuenta que lograron que el gobierno municipal les habilitara una carpa en la que, por ahora, están aislando a los infectados por el coronavirus. Pero no es esa la única enfermedad por la que han tenido que recurrir a las cuarentenas para evitar brotes.
El martes por la noche un grupo llegó con varicela, una enfermedad altamente contagiosa de persona a persona: "Tuvimos que sacar a la gente de un cuarto y combinamos otras habitaciones para poder tener a estos apartados. No es la solución perfecta pero es todo lo que tenemos".
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El reverendo asegura que, además, los recursos económicos para atender esta nueva oleada son limitados. Algunos de los grupos que llegan, pueden dejar rápido el albergue al conseguir cómo transportarse hasta donde viven sus familiares en Estados Unidos, pero otros quedan allí por días. Smith considera que necesitarán la ayuda del gobierno estatal y federal para afrontar lo que puede estar por venir. "La situación está difícil. Podemos esperar por la ayuda, pero no tanto. Si no nos apoyan, cerraremos. No hay más", lamenta.
En Caridades Católicas la situación también es difícil por el número de migrantes y sus múltiples demandas, que van desde darles agua hasta conectarlos con sus familiares hasta ayudarlos a obtener el pasaje de autobús o de avión para que puedan marcharse. Es menos grave en términos de recursos económicos, que siguen fluyendo desde la comunidad. Tienen menos voluntarios, como todos, lo que hace la atención más crítica. Pero el movimiento de familias migrantes es más rápido: la mayoría se va en horas y quienes resultan positivos en la prueba de covid-19 son enviados a hoteles de la zona para hacer la cuarentena.
"Nosotros siempre seguimos adelante con la capacidad que tenemos", dice la hermana Pimentel, que cuenta que las organizaciones que atienden a migrantes en la frontera han tenido reuniones virtuales para analizar la situación en caliente y evaluar la capacidad de respuesta. "Cada quien hace lo que puede".
Una solución
A pesar de la ayuda por la que claman algunas ONG, este miércoles el gobernador de Texas, Greg Abbott, dijo —desde un albergue temporal que fue habilitado en Dallas para menores no acompañados— que el estado no debería pagar por lo que ocurre en la frontera. Aseguró que esa responsabilidad es del gobierno federal. "Ellos no estaban para nada preparados para esto". recriminó.
Sin embargo, Cuellar explica que existen formas de brindas ayudas de emergencia. "En 2019, el Congreso aprobó el Proyecto de Ley de Asignaciones Suplementarias de Emergencia Fronteriza del año fiscal 2019, asignando 30,000,000 de dólares a través del Programa de Refugio y Alimentos de Emergencia (ESFP) para reembolsar directamente a nuestros gobiernos locales y organizaciones sin fines de lucro que habían cubierto la carga de los migrantes que cruzaban la frontera", explica. El propósito de ese programa, asegura, es complementar y expandir el trabajo de las organizaciones locales de servicios sociales, tanto gubernamentales como sin fines de lucro, para que puedan brindar refugio, alimentos y servicios de apoyo a las personas y familias con emergencias económicas.
La hermana Pimentel, que ha vivido varias oleadas, es de quienes piensa que "lo que está ocurriendo siempre ha pasado, en diferentes tiempos". La politización del tema es lo que más teme: "Sí se puede convertir en una crisis si no hay cooperación (...) En vez de apuntar el dedo al otro y hacerlo un tema político deben buscar una solución, no deben usarlo para destruir al otro partido político". Para Smith, si no se da la mano a las comunidades locales en la frontera, la respuesta de las organzaciones "no será sostenible a largo plazo".
En la 'zona cero' de la frontera: así es un día en el lugar donde llegan más familias migrantes
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Solo en el mes de marzo, más de 53,000 unidades familiares entraron al país de esta manera, un máximo histórico. El sector del Valle del Río Grande es desde hace años el que registra el mayor número de aprehensiones de migrantes indocumentados de toda la frontera. En marzo llegaron casi 21,000.
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Lo que permite que la mayoría de migrantes que llegan a EEUU con un niño no sean deportados de manera inmediata son dos normas de protección de la infancia: una ley de 2008 para la prevención del tráfico humano (TVPRA) y el Acuerdo Judicial Flores de 1997, que prohíbe al gobierno privar de libertad a menores de edad en centros de detención. Gracias a ellas, venir de la mano de un niño se convierte prácticamente en una garantía para la liberación del padre o tutor que lo acompaña.
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Mario, de 26 años, y su hija Sindy, de 3, cruzaron la frontera sur de EEUU después de más de dos meses y medio en el camino. “Lo más duro ha sido el hambre, pero tomé esta decisión por mi hija que tiene una enfermedad de corazón”, afirma este hondureño, que es padre soltero. Dice que en su país, su empleo en fincas de banano no le daba ni para comprar la leche de la niña. Salió de Honduras con sólo 1,000 lempiras (unos 40 dólares) y le tocó pararse a trabajar en Guatemala y México para conseguir más dinero y poder así continuar el camino.
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En un viernes reciente de marzo en que Univision Noticias acompañó a la Patrulla Fronteriza, los oficiales procesaron a más de 1,100 personas solo en ese sector denominado 'Valle del Río Grande', según datos de esa agencia federal. Fue un día típico, dicen, que refleja la tendencia de la llegada masiva de unidades familiares. En la foto, la hondureña Roxi Xiomara Hernández (con camisa verde) posa junto a su hijo y a un grupo de madres migrantes que conoció en el camino. "Mi esposo vino aquí hace cuatro meses. Está en Tennessee. Él se vino por la delincuencia. Yo me arriesgué porque el niño no soportaba estar lejos del papá", cuenta.
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Algunos padres viajan con bebés tan pequeños que tienen que cargarlos todo el camino en brazos, como hizo esta migrante hondureña que llegó a Estados Unidos con su hijo de 10 meses.
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La mayoría de familias que llegan a este punto de la frontera son de Honduras, Guatemala y El Salvador. Sienten que huir es la única manera de ofrecer un futuro a sus hijos ante los problemas que los agobian, que van de la violencia de las pandillas y la pobreza a los efectos que el cambio climático está teniendo en algunas zonas del corredor seco de Centroamérica.
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"Cuando llegan estas cantidades de migrantes en esos grupos tan grandes se requieren más agentes para poder procesarlos y prepararlos para el transporte", afirma el portavoz de la Patrulla Fronteriza del sector del Río Grande, Carlos Ruiz. "Esto causa que nosotros tengamos que sacar a gente de un área (...) lo cual abre las puertas en otras áreas de la frontera".
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Una vez que los migrantes se entregan a la Patrulla Fronteriza, los agentes procesan a los recién llegados: los cuentan y les dan unas bolsas de plástico para que metan los cordones de los zapatos, cinturones, cadenas y cualquier objeto con el que se puedan hacer daño.
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María cruzó el Río Grande con sus hijos Victoria Alejandra, de 17 años, y Juan, de 13. La mujer, que en Honduras trabajaba indicando las rutas de autobuses a los viajeros en la estación de Tegucigalpa, le dijo al agente de la Patrulla Fronteriza que se fue por la falta de oportunidades y la violencia.“Si no quitan a los gobiernos que están, nos vamos a ir todos”, aseguró.
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Carlos Humberto y Nubia Alejandra proceden de la aldea de Coral en Lempira (Honduras) y, una vez procesados, planeaban juntarse con un familiar que vive en Houston. “¿Han visto Houston en la televisión?”, les preguntó el agente de la Patrulla Fronteriza. “No señor. No tenemos ese privilegio. En mi comunidad no hay ni luz”, le contestó el padre. En Honduras, Carlos Humberto era agricultor cafetalero, pero dice que su cosecha se vio fuertemente afectada por la epidemia de roya y la sequía.
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Susely Álvarez tiene 27 años, es de Escuintla (Guatemala) y cruzó la frontera con sus dos hijos Alexander y Justin. La mujer asegura huir de la violencia de género y quiere buscar un tratamiento para su hijo mayor que padece de autismo. Mientras esperan a la Patrulla Fronteriza, el niño se impacienta. “Quiero ir a casa”, le dice a su mamá.
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Muchos migrantes aseguran no haber tenido que pagar coyotes hasta que llegaron al lado mexicano del Río Grande. Este grupo de salvadoreños dice haber llegado “a puro jalón” (de bus en bus). “Somos la familia peluche”, afirma Ever, de 7 años, al bromear con su madre sobre cómo habían salido ellos dos solos y acabaron cruzando el río como junto a este grupo de salvadoreños con los que hicieron piña. La mayoría de ellos vienen de Usulután y dicen huir de la violencia.
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Entre los salvadoreños que llegan escapando de la violencia también hay menores no acompañados como Alfonso, de 16 años, que dice huir de las amenazas de las pandillas. “Al salir del colegio, me agarraron y me amenazaron porque no quise andar con drogas. Nosotros somos de una iglesia y me llamaron marica por no querer coger la droga”, asegura. En EEUU espera poder reencontrarse con su abuela que vive en Los Ángeles.
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A lo largo de todo el día no paran de llegar adultos acompañados de niños a esta zona conocida como Rincon Landing, cerca de la ciudad de McAllen. "En su país de origen les dicen que es mucho más fácil cruzar la frontera y poder ser quizás liberados por la Patrulla Fronteriza si vienen con un niño o menor”, asegura el agente Ruiz.
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En la orilla del Río Grande es fácil encontrarse con vestigios de los cientos de centroamericanos que lo cruzan cada día. El verde y el marrón de la naturaleza de la zona se ven interrumpidos por los colores de las prendas de ropa que dejan los migrantes cuando llegan a Estados Unidos.
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Algunos de los objetos que dejan los migrantes tras cruzar el río hablan por si solos, como este libro roto llamado 'Consuelo en tiempos de prueba' que Rossmery Saravia le dedica a José Lenny Hernández.
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Entre las cosas que los migrantes dejan atrás también hay documentos que dan fe de su procesamiento por las autoridades migratorias mexicanas, como este certificado de nacionalidad de un adolecente hondureño.
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También hay muchas prendas de niños y bebés, una muestra de la nueva ola migratoria en la que los hombres adultos han dejado de ser mayoría entre los capturados por la Patrulla Fronteriza.
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Además de las familias, también continúan creciendo los números de los menores no acompañados que llegan al país. En marzo fueron casi 9,000 los aprehendidos por la Patrulla Fronteriza.
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A Génesis Antonia, de 6 años, y a su mamá Reyna Vega les tomó algo más de una semana para llegar de El Salvador a Texas. “Tuve que sacar a la niña del kínder porque yo trabajaba ahí en el comedor y me estaban pidiendo dinero y me amenazaron con hacerle algo si no les entregaba el dinero”, asegura la madre. Su objetivo tras ser procesada era encontrarse con un tío suyo que vive en Virginia.
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Unas horas después de que llegaran los primeros migrantes a la zona de Rincon Landing, aparecen varios autobuses y camionetas de una empresa subcontratada. Después de cachear a los hombres y a los niños varones, los empleados pasan lista de los próximos que llevarán al centro de procesamiento de la Patrulla Fronteriza.
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Mientras trasladan a los primeros que se entregaron, siguen apareciendo grupos de decenas de centroamericanos. Una vez que la Patrulla Fronteriza los procesa, algo que no debería tomar más de 72 horas, la mayoría de migrantes que llegan con niños son liberados en un albergue de Caridades Católicas de McAllen donde les asisten hasta que pueden viajar a la ciudad de Estados Unidos donde les patrocina algún familiar.
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Los migrantes suelen ser liberados con un documento que indica la fecha en la que deben presentarse en una corte en la que un juez decidirá su futuro en el país; un proceso que, con las cortes de migración saturadas, puede tardar meses o incluso años.
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