Además de facilitarnos la vida enormemente (como hemos comprobado de sobra con la pandemia), las videoconferencias pueden proporcionar hasta unas risas, como ocurrió recientemente con el episodio del gato, que se hizo viral cuando, en una vista judicial por Zoom en Texas, un abogado no supo desactivar el filtro que lo convertía en gatito.
Pero las videoconferencias también pueden resultar agotadoras. En uno de los primeros estudios teóricos sobre la 'fatiga de Zoom', publicado en una revista de la Asociación Amerciana de Psicología, el director del Virtual Human Interaction Lab de la Universidad de Stanford, en California, y doctor en psicología cognitiva Jeremy Bailenson ofrece cuatro explicaciones de por qué las videoconferencias en las que millones de empleados participan día tars día, anclados a la silla y con el rostro permanentemente expuesto al escrutinio de los demás, producen un tipo especial de fatiga.
Bailenson ofrece estas cuatro razones:
Un simple árbol en medio de la ciudad puede marcar la diferencia y tener efectos positivos en los viandantes, según un reciente estudio que documenta el vínculo entre la exposición a la naturaleza y el bienestar. La investigación es llamativa porque no se refiere a acampadas, ni largos paseos por el campo, sino a algo tan simple como el beneficio que producen las plantas de casa, los pájaros o el sol a través de la ventana de nuestro hogar.
Este término fue acuñado hace unos años por el periodista y escritor Richard Louv, preocupado por el impacto negativo que la creciente desconexión con la tierra tiene en nuestra mente y cuerpo. Las salidas al campo han constituido un remedio clásico para las enfermedades psiquiátricas, pero ahora se plantea de otra manera: alejarse de la naturaleza es lo que crea trastornos como la hiperactividad o la obesidad, argumenta Louv.
Louv, que también es autor del superventas Los últimos niños en los bosques: salvar a nuestros hijos del trastorno de déficit de naturaleza, está preocupado por la adicción temprana a las pantallas, lo que supone que haya un montón de energía bloqueando nuestros sentidos. “Esto, para mí, es la definición de estar menos vivos. No creo que nadie quiera que sus hijos estén menos vivos".
Numerosos estudios han probado las ventajas para la salud mental y física, la cognición, la habilidad para aprender e incluso para la productividad del contacto con la naturaleza. Los efectos son tan positivos que, en 2012, en su congreso mundial, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza aprobó una resolución por el derecho de los niños a experimentar la naturaleza.
Esta es la comparación que hacen los autores de un estudio de Toronto (Canadá) que muestra cómo los barrios con árboles son más saludables. Concretamente, tener diez o más árboles en el vecindario mejora la percepción de la salud de forma comparable a como lo haría disponer de 10,000 dólares extra (la percepción de la salud es un factor subjetivo, pero los autores señalan que correlaciona fuertemente con las medidas objetivas de salud). “La gente ha descuidado las ventajas psicológicas del medioambiente para la psique”, señala Marc Berman, psicólogo de la Universidad de Chicago y director del estudio.
En 1984, en uno de los más tempranos y llamativos estudios, el investigador Roger Ulrich observó cómo los pacientes que se estaban recuperando de una operación quirúrgica de vesícula en un hospital de Pensilvania recibían el alta un día antes y pedían menos analgésicos para el dolor si desde la ventana de su habitación veían unos árboles, frente a aquellos que sólo podían contemplar una pared.
Gregory Bratman, de la Universidad de Stanford, en California, reveló cómo los voluntarios que caminaban por una zona verde del campus se mostraban más atentos y felices que aquellos que lo hacían, durante un tiempo equivalente, en una zona con tráfico denso.
Una de las razones es que la naturaleza reduce nuestra tendencia a rumiar las cosas, ese estado mental en el que no paramos de pensar en todo lo que puede ir mal, como un disco rayado. Esa es, en esencia, la conclusión de otro estudio que examina los mecanismos neurológicos que se producen cuando estamos en la naturaleza. “Salir a la naturaleza podría ser una forma fácil y casi inmediata de mejorar el estado de ánimo”, resume Bratman.
Desde 1982 Japón hizo que la práctica del shinrin-yoku, o “baños de bosque”, forme parte de su programa de salud nacional. El objetivo es que la gente conecte con la naturaleza de la forma más natural.
En 2008, por primera vez en la historia, había más gente viviendo en las ciudades que en el campo. Y un estudio de ese año encontró que el porcentaje de americanos que participan en actividades al aire libre como pescar o acampar ha decrecido un 1% al año desde finales de los 80.
Nuestras experiencias tienden a ser más virtuales que reales y eso tiene consecuencias negativas para la salud, como el incremento del estrés. Por esta razón, la “ecoterapia” es un campo de estudio en ebullición. Lo que recomienda, en esencia, es muy simple: nos conviene caminar descalzos en la tierra y consumir menos Netflix.