En contra de lo que dice el refrán popular (ese que asegura que mal de muchos es consuelo de tontos), en este caso sí es un gran alivio reconocer que lo que uno sufre no es, al menos en la inmensa mayoría de los casos, un problema individual sino colectivo.
En esta línea se sitúa la decisión de la OMS de incluir el “síndrome del trabajador quemado” o burnout en la próxima Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) como un problema asociado al empleo o al desempleo.
Este trastorno ya estaba en la anterior edición del catálogo, de 1990, pero ubicada bajo un epígrafe menos concreto. Con este cambio, la OMS busca dar más visibilidad al problema, algo que podría facilitar la gestión de bajas e incapacidades, entre otras cosas.
El síndrome de desgaste emocional está asociado al estrés crónico en el trabajo, afecta en mayor medida a los trabajadores que tienen empleos relacionados con la atención a las personas (como médicos, enfermeras o cuidadores no profesionales) y se caracteriza por bajo rendimiento, desgaste emocional y físico y despersonalización de las tareas.
EEUU, un caso aparte
El problema se ha multiplicado progresivamente en las últimas décadas en EEUU, alcanzando dimensiones de epidemia. Un estudio de 2018 de la firma de soluciones corporativas Wrike encontró que el 94% de los trabajadores dicen experimentar estrés en la oficina y una tercera parte lo califica de “insosteniblemente alto”.
Y, en una encuesta de 2018 de la empresa de sondeos Gallup entre 7,500 empleados a tiempo completo, el 67% dijo sentir estrés en el trabajo.
“Aunque el burnout se ha convertido en parte habitual del trabajo para muchos empleados, los altos costes para la organización son sustanciales: los empleados quemados tienen el 63% más de posibilidades de tomar un día libre por enfermedad y son 2.6 veces más propensos a estar activamente buscando otro trabajo diferente. Incluso si se quedan en la empresa, tienen un 13% menos confianza en su rendimiento”, continúa el informe.
En el ensayo titulado Los estadounidenses trabajan demasiadas horas (y con demasiada frecuencia a horas raras), economistas de la Universidad de Texas en Austin y la Escuela de Economistas de París (Francia) indican que el 27% de los empleados trabajan de alguna manera entre las 10 p.m. y las 6 a.m., y el 29% en fines de semana.
Además, según otros estudios, los estadounidenses dejan sin utilizar, en promedio, 5.7 días de vacaciones que les corresponden anualmente.
La suma de todo ello supone, según Gallup, que el empleado promedio de EEUU tiene una jornada semanal de 47 horas en lugar de 40. De acuerdo con esta firma de sondeos, el porcentaje de estadounidenses que de forma consistente trabaja más de 60 horas a la semana es del 18%. Así las cosas lo extraño es que no se produzca el burnout; es una bomba de relojería a punto de explotar.
Aunque la mayor parte de las razones que espolean la epidemia actual de burnout son modernas, como la ominipresencia de los móviles, conviene recordar que la idea de "quemarse" es antigua. Ya hace 2000 años el filósofo romano Séneca alertaba a la población sobre los peligros de trabajar en exceso: “Igual que no debes forzar a la tierra fértil, ya que se agotará, también el esfuerzo constante minará el vigor mental”.
El problema es, como decíamos, de la sociedad, y no se cura con unas simples vacaciones. Pero el individuo tiene cierto margen de maniobra para resguardarse con comportamientos y elecciones como los que presentamos a continuación:
Cuando la mejor terapia es un paseo entre los árboles
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Un árbol marca la diferenciaUn simple árbol en medio de la ciudad puede marcar la diferencia y tener efectos positivos en los viandantes, según
un reciente estudio que documenta el vínculo entre la exposición a la naturaleza y el bienestar. La investigación es llamativa porque no se refiere a acampadas, ni largos paseos por el campo, sino a algo tan simple como el beneficio que producen las plantas de casa, los pájaros o el sol a través de la ventana de nuestro hogar.
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Déficit de atención por naturaleza
Este término fue acuñado hace unos años por el periodista y escritor Richard Louv, preocupado por el impacto negativo que la creciente desconexión con la tierra tiene en nuestra mente y cuerpo. Las salidas al campo han constituido un remedio clásico para las enfermedades psiquiátricas, pero ahora se plantea de otra manera: alejarse de la naturaleza es lo que crea trastornos como la hiperactividad o la obesidad, argumenta Louv.
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Little Child's Hands Digging in the Mud
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El derecho de los niños a experimentar la naturalezaNumerosos estudios han probado las ventajas para la salud mental y física, la cognición, la habilidad para aprender e incluso para la productividad del contacto con la naturaleza. Los efectos son tan positivos que, en 2012, en su congreso mundial, la
Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza aprobó
una resolución por el derecho de los niños a experimentar la naturaleza.
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Si alguien te da a elegir entre 10,000 dólares o diez árboles, escoge los árboles Esta es la comparación que hacen los autores de un estudio de Toronto (Canadá) que muestra cómo los barrios con árboles son más saludables. Concretamente,
tener diez o más árboles en el vecindario mejora la percepción de la salud de forma comparable a como lo haría disponer de 10,000 dólares extra (la percepción de la salud es un factor subjetivo, pero los autores señalan que correlaciona fuertemente con las medidas objetivas de salud). “La gente ha descuidado las ventajas psicológicas del medioambiente para la psique”, señala
Marc Berman, psicólogo de la Universidad de Chicago y director del estudio.
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Desde la ventana del hospitalEn 1984,
en uno de los más tempranos y llamativos estudios, el investigador Roger Ulrich observó cómo los pacientes que se estaban recuperando de una operación quirúrgica de vesícula en un hospital de Pensilvania recibían el alta un día antes y pedían menos analgésicos para el dolor si desde la ventana de su habitación veían unos árboles, frente a aquellos que sólo podían contemplar una pared.
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Salir a la naturaleza mejora el estado de ánimoGregory Bratman, de la Universidad de Stanford, en California, reveló cómo los voluntarios que caminaban por una zona verde del campus
se mostraban más atentos y felices que aquellos que lo hacían, durante un tiempo equivalente, en una zona con tráfico denso.
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¿Por qué altera el parque el estado de ánimo? Una de las razones es que la naturaleza reduce nuestra tendencia a rumiar las cosas, ese estado mental en el que no paramos de pensar en todo lo que puede ir mal, como un disco rayado. Esa es, en esencia, la conclusión de
otro estudio que examina los mecanismos neurológicos que se producen cuando estamos en la naturaleza. “Salir a la naturaleza podría ser una forma fácil y casi inmediata de mejorar el estado de ánimo”,
resume Bratman.
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Shinrin-yoku, baños de bosque
Desde 1982 Japón hizo que la práctica del shinrin-yoku, o “baños de bosque”, forme parte de su programa de salud nacional. El objetivo es que la gente conecte con la naturaleza de la forma más natural.
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Más gente en el campo que en la ciudadEn 2008, por primera vez en la historia, había
más gente viviendo en las ciudades que en el campo. Y
un estudio de ese año encontró que el porcentaje de americanos que participan en actividades al aire libre como pescar o acampar ha decrecido un 1% al año desde finales de los 80.
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La ecoterapia frente a lo virtual
Nuestras experiencias tienden a ser más virtuales que reales y eso tiene consecuencias negativas para la salud, como el incremento del estrés. Por esta razón, la “ecoterapia” es un campo de estudio en ebullición. Lo que recomienda, en esencia, es muy simple: nos conviene caminar descalzos en la tierra y consumir menos Netflix.
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