Dana Hutchings llegó el pasado 13 de agosto de 2019 al parque Chukchansi para ver un juego de beisbol de ligas menores del equipo local, los Fresno Grizzlies, sin imaginar que moriría ese día al participar de un concurso amateur de comer todos los tacos posibles en el menor tiempo posible.
Ahora su hijo, Marshall Hutchings, está demandando a los organizadores por homicidio culposo, luego de que su padre, que nunca había participado en un evento como ese, colapsó unos minutos después de la competencia cuando todavía tenía la boca llena de tacos masticados que obstruían su sistema respiratorio, informó The Fresno Bee.
El hijo de Dana, quien tenía 41 años, asegura en la demanda presentada el pasado lunes que nadie le avisó a su padre sobre los riesgos y peligros que conlleva participar en una competencia de este tipo, por lo que estaría buscando una indemnización monetaria de la organización Fresno Sports and Events LLC, dueña de los Fresno Grizzlies.
"La gente dice todo el tiempo que él sabía en lo que se estaba metiendo. Bueno, claramente no lo sabía", aseguró Martin Taleisnik, abogado que representa a Hutchings.
Además, el abogado recordó que los profesionales de esta práctica tienen mucho tiempo y cuidado para entrenarse físicamente, algo que Dana no tuvo.
En la demanda se asegura que la organización no tenía la experiencia necesaria para llevar a cabo de manera segura este tipo de competencia, por lo que no proporcionó un equipo de atención médica inmediata que podría haberle salvado la vida Hutchings y que también hubo bebidas alcohólicas disponibles para los concursantes, informó la cadena FOX 5.
Taleisnik aseguró que una indemnización monetaria “es la única forma de compensar por la pérdida de un ser querido”.
Aquel día, Dana fue trasladado por los servicios de emergencia al Centro Médico Regional Comunitario donde sería declarado muerto por asfixia.
La organización canceló un concurso profesional de comer tacos programado para un día después.
Vecinos hambrientos cocinan juntos mientras el virus agita a América Latina
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La "olla comunitaria" se ha convertido en un fenómeno vital en Perú propiciado por la crisis económica que ha instalado el
coronavirus.
Diversas manos se juntan para ayudarse entre sí. Una solución que millones de personas que no tienen cómo alimentar a sus familias han encontrado para tratar de sobrellevar la escacez propiciada por la pandemia.A las 9 de la mañana, más de 150 vecinos de Nueva Esperanza en Lima hacen cola para recibir su almuerzo después de pagar 50 centavos de sol (unos 14 centavos de dólar) o para algunos de manera gratuita.
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A menudo operando con la ayuda de la iglesia católica y organizaciones benéficas privadas, comedores populares y ollas comunitarias ya son un símbolo del enigma que enfrenta una región donde la mayoría de la población trabajadora se desempeña fuera de la
economía formal.
Todos los días, de madrugada, hasta 30 galones de avena dulce en ollas de acero inoxidable sobre fuegos de madera y otros guisos sirven para alimentar a la comunidad de escasos recursos.Las filas de los residentes esperando su porción ya forman parte de la dinámica matinal del barrio.
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Con el fin de evitar la propagación del virus, los cierres económicos han causado estragos en los más
desfavorecidos del país, obligándolos a recurrir a los esfuerzos basados en la comunidad.
Julia Bertila Pérez, a sus 83 años y vecina del barrio, es una de esas favorecidas por la ayuda comunitaria. Todos los días sale de su casa para buscar algo para comer.
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A pesar de estos esfuerzos, sin los beneficios por desempleo o la capacidad de trabajar desde casa, un tazón de avena de plástico a precio reducido para el desayuno, un poco de estofado de lentejas o fideos en salsa de tomate para el almuerzo y las sobras para la cena
no son suficientes para evitar que los latinoamericanos pobres dejen sus hogares cada día para ganarse la vida como trabajadores de la construcción, vendedores ambulantes u otros tipos de jornaleros.Los voluntarios preparan el desayuno antes de comenzar la repartición en la olla comunitaria del barrio Nueva Esperanza.
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Sumado al hecho de que
Perú ha reportado 237,000 casos de coronavirus y contado 7,000 muertes, el mayor número de casos y el segundo mayor número de muerte per cápita en la región, al mismo tiempo enfrenta una caída del 12% en el producto interno bruto este año, una de las peores recesiones en el hemisferio, según el Banco Mundial.
Ante este contexto,
las comunidades se han unido para ayudar a solventar la precaria situación de millones de familias, como la de Consuelo Pascacio que le da de comer en su casa a sus tres hijos -Estiben 4, Estefany, 11, y Javier, 14- gracias al estofado de arroz con pollo que recogió tras formarse en la fila de la olla comunitaria.
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Clara Arango se despierta diariamente a las 4 a.m. y verifica los ingredientes para el desayuno,
antes de ponerse manos a la obra para tener listo todo cuando la gente comience a llegar. "Apenas tengo algo de comer en casa", dice. Mientras los adultos hacen cola, los pequeños se quedan en casa intentando aguantar hasta que llegue la hora de comer. Fiorella Mendieta, de 11 años (izquierda) y su hermana Flavia, de 8 años, se sientan a la mesa de la cocina de su hogar mientras esperan que les sirvan el almuerzo.
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Madre soltera de dos hijos, Arango perdió su
trabajo como conserje cuando su empleador cerró su centro comercial en el barrio más rico de Lima debido al coronavirus. "
Aquí tengo una olla comunitaria y puedo juntar mis recursos con mis vecinos y podemos apoyarnos mutuamente y trabajar juntos", asegura.Clara Arango, con piqueta, y su hija Kimberly, aflojan el suelo para colocar un piso de cemento mientras trabajan para expandir su hogar, en el barrio Nueva Esperanza.
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Las cifras del gobierno peruano muestran que más de 2,3 millones de residentes de Lima perdieron sus empleos tan solo en abril, de una población activa de aproximadamente 16 millones en todo el país. Se espera que la cifra vuelva a aumentar cuando se publiquen los números de mayo.
En medio de tantas noticias desalentadoras, la empatía y generosidad se ha establecido en las zonas más precarias, como Nueva Esperanza. Jonisa Villano saluda y agradece mientras sostiene una bolsa de comida que recogió en la olla comunitaria del barrio.
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Más de
un tercio de los 32 millones de peruanos han tenido que participar en algún tipo de cocina comunitaria debido a la falta de dinero, según una encuesta realizada en mayo por el Instituto de Estudios Peruanos, privado y no partidista.
Todo se basa en la voluntad para echar una mano y repartir alimento. Un par de vecinos cargan con cuidado una olla de carapulcra, un guiso tradicional andino, a una mesa cercana mientras los residentes esperan en la fila para recibir un almuerzo.
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El presidente peruano, Martín Vizcarra, ha dicho que la pandemia ha revelado la debilidad del sistema peruano, que lideró a América Latina en crecimiento económico durante décadas, pero que tiene una de las redes de seguridad social más débiles de la región. "Estamos lejos de ser un ejemplo de eficiencia como estado", dijo el pasado lunes. "Tenemos tantas fallas, tantos problemas".
La precariedad es tal que muchos barrios han colocado una bandera blanca para indicar una necesidad urgente de alimentos, como la puesta cerca a un monumento al cristo redentor dentro de Nueva Esperanza.
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Aunque el panorama luce desolador y muy cuesta arriba, Nueva Esperanza es uno de los muchos ejemplos en América Latina sobre la solidaridad y empatía de una región ya de por sí golpeada, en la que esperar auxilio del gobierno puede tomar mucho tiempo.
En la imagen, tres vecinos se ayudan para arreglar un cable de luz que provocó un apagón en todo el barrio.
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